Una oreja para oírte mejor, un ojo para verte mejor… En la fábrica de recambios humanos

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Entramos en la fábrica de los recambios faciales de España, en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid

480 pacientes salen cada año con su prótesis de silicona: narices, ojos…

“La pieza más difícil de hacer es la órbita de un ojo”, dice su ‘escultor’, Enrique Damborenea

Hay que fijarse mucho para distinguir cuál de las dos orejas de José María es la buena. Ni mirándolas de cerca resulta fácil acertar. Hay que tocar para creer. El hombre se tumba de lado en la camilla, con la cabeza girada a su derecha y, como un golpe de magia, la oreja izquierda completa desaparece. La tiene en sus manos el especialista que lo explora.

-Es de silicona, ¿ves?

Hay una segunda verdad. José María, sin oreja, parece otra persona. «Así de horrible me quedé hace siete años», murmura con cierto tono de lamento y rabia. La perdió en un accidente de tráfico. Pudo salvar la vida, pero ni el tiempo transcurrido ha podido salvarle del sufrimiento de la amputación. «No me daban trabajo en ningún sitio por mi aspecto, la gente me despreciaba, me miraban con cara de asco, como si fuera un monstruo de feria… Psicológicamente me fui hundiendo. Me miraba al espejo y no era yo. Ninguna mujer se acercaba a mí…», recuerda el albañil, todavía en la frontera de los 40.

El día que Crónica visita el taller de repuestos del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, al que llaman laboratorio de anaplastología -referencia en España de un arte médico único que se extingue, y al que acuden mutilados de todo el país-, José María tiene que cambiar de oreja.

Él dice estar «agradecido» al hombre que figura al frente de este singular taller, Enrique Damborenea, al decir de muchos, el mago de las prótesis faciales. Las hay por todas partes y para casi todo: desde un dedo a una nariz. La oreja falsa que lleva José María, igualita en forma y color a la propia, ha empezado a dar señales de que su caducidad está cada vez más cercana.

El problema surge cuando le dicen que, por unos días, tendrá que dejarla en el taller para poder copiar bien las medidas. «Ni hablar», reacciona el albañil. «Yo no quiero andar por ahí sin mi oreja. Quiero llevármela», se rebota el hombre. La escena, por momentos, resulta hasta cómica. Quizás el rechazo que tuvo que aguantar al quedarse amputado haya llevado a José María a reaccionar de esa manera. «Me he acostumbrado tanto a ella que la veo como mía». Antes de marcharse hasta nuevo aviso, confiesa por lo bajo al periodista: «A este hombre [el que le hizo la oreja] le estaré agradecido hasta la muerte, me ha salvado de la depresión».

Viéndole trabajar estas joyas, Damborenea recuerda a un escultor renacentista. Luce un porte aristocrático, delgado, pelo largo y canoso, modales delicados y voz serena, de esas que tranquilizan cuando las cosas no van bien. Aunque lo que destaca en él es esa especie de sexto sentido que le permite calibrar mentalmente, con la precisión de un relojero, las proporciones idóneas de cada una de las piezas humanas que él fabrica de manera artesanal y luego añade a la cabeza de la persona amputada.

Por cocaína, por cáncer…

«Un error de menos de un milímetro puede llegar a cambiar un rostro», justifica este artista vasco de 67 años, pionero en España de la anaplastología, la disciplina sanitaria que se encarga de crear prótesis artesanales para pacientes que, por diferentes motivos, se han tenido que enfrentar a la amputación de una parte de su rostro. Como José María y Juan Piña, que también perdió una oreja, o María, que perdió su nariz por la cocaína, o Miguel Ángel, al que tuvieron que quitarle el paladar por un cáncer…

Su felicidad y la de los cerca de 500 amputados (480 llegados de hospitales de todo el país) que cada año pasan por este taller de piezas de repuestos está en manos de Damborenea. A él acuden con la esperanza de que les recompongan la fisionomía perdida. A veces a causa de un cáncer que les dejó sin media cara, por una malformación de nacimiento o un accidente. Otras veces, como le ocurrió a la joven María, a causa de las drogas.

También han recibido encargos del extranjero. Alguno incluso de corte mafioso: una oreja o una nariz cortadas en ajustes de cuentas en Sudamérica (aunque los remitentes aseguraban que eran fruto de un accidente).

Aquí no hay robots ni impresoras 3D ni modernas máquinas que prometan milagros. Todo se hace a mano. «Todo es único, exclusivo para cada persona», explica Damborenea mientras da el último repaso a la oreja de José María, la segunda que le coloca a causa del desgaste.

La sala recuerda a un set de caracterización de cine. Resulta irreal el espacio por el que se acumulan narices, orejas, dedos, moldes de escayola, botes de maquillaje y ollas a presión de las que, de repente, Damborenea extrae un ojo. También se ven botes con tintes de varios colores, algunos, calcados a los tonos de la piel humana. Y moldes, muchas limas, espátulas, lupas, tornillos diminutos, pinceles…

«Las piezas que fabricamos están pensadas para dar felicidad a la gente, no para que aparenten más guapos o guapas, sino para que cuando se miren al espejo se vean más humanos, como eran», describe el mago mientras da un último repaso a una nariz masculina que tendrá que implantar al día siguiente.

El suyo es un oficio entre el arte y la ciencia que fue puliendo en el Westminster Hospital (Londres) y en el Queens Mary Hospital (Roehampton). Con ese saber y los 25 años de experiencia que acumula, Damborenea se ha propuesto que María vuelva a reconocerse ante el espejo. Porque la cocaína acabó destrozándole la cara… y la vida. «Además de perder el interior de la nariz, la droga les destruye el paladar y hay que hacerles las dos piezas. Es frecuente», admite el experto.

¿La pieza más difícil de hacer? «La órbita de un ojo», dice sin dudar Damborenea. «Puede cambiar completamente la expresión de una cara. Luego están los dedos de la mano. El ajuste al muñón tiene que ser muy fino para que el dedo no parezca una cosa ortopédica y fea, sobre todo porque las manos cantan mucho: con ellas comemos, saludamos… y si parece de mentira, canta demasiado».

A Juan Piña ya le han caído los 67. No es que la edad le preocupe demasiado, o eso dice -camina erguido, juncal, sonriente-, pero sí le preocupa esa oreja postiza que, para él, «no tiene precio». La buena la perdió en la carretera. Tuvieron que reconstruirle la cara pero no pudieron salvarle la oreja original tras el accidente. «Me dijeron que tendrían que pasar por cinco operaciones, y ni hablar», recuerda este vendedor ambulante, castellano recio. «Entonces me ofrecieron esta oreja, y la vida me cambió por completo. Esto te da una seguridad mental muy grande, ni te acuerdas de que es de mentira. Y además no tengo el problema de la cera», remata el hombre con ironía castellana.

Pero la cirugía reconstructiva tiene sus límites y las operaciones de vanguardia, como por ejemplo los trasplantes de cara, no son para todos los pacientes. Y ahí es donde entra Damborenea. «Han venido pacientes que me dicen al verse, digamos, de nuevo enteros: “Hoy he vuelto a nacer”. Y eso me emociona mucho, es la mejor recompensa que puedo tener». Basta observar el entusiasmo que pone en cada nariz, en cada oreja, en cada pieza que moldea. Y en cómo las mira y las trata con una delicadeza propia de una joyero.

«Yo no veo solamente una nariz, un ojo, o un dedo. A través de cada una de estas piezas veo a una persona a la que voy a quitarle un sufrimiento o una parte de él», dice.

La elaboración de los recambios, a base de silicona médica y otros materiales, como acrílicos, también lleva sus horas de trabajo artesanal (hasta 60 en el caso de uno de los ojos que hay guardados en este taller). Antes tienen que pasar por el quirófano para la colocación de los anclajes (fijados al hueso del cráneo) sobre los que se colocará la prótesis. Pueden pasar dos años hasta que el hueso se solidifica en torno al anclaje.

En los niños, explica el jefe de cirugía maxilofacial, Julio Acero, del que depende la unidad de anaplastología, la colocación de los anclajes tiene más dificultades técnicas y no se puede realizar antes de los 12 o 13 años debido a la naturaleza del hueso en las edades tempranas.

Tal vez en un futuro lejano, como augura el doctor Acero, el trabajo artesanal de Damborenea pueda complementarse con las nuevas técnicas de ingeniería tisular (de tejidos), capaces de imprimir en tres dimensiones la oreja del paciente como un calco exacto de la original y recubrir ese armazón con células de la propia persona. Ya se está haciendo con la piel. (Véase el Crónica del 19 de octubre).

Mientras ese día llega, este artista hospitalario (el único trabajador del taller) sigue puliendo sus joyas y haciendo memoria. La mañana en que este suplemento lo visita en su territorio, mientras explica su trabajo de orfebre, repasa los bordes de una nariz, comprueba si el hueco dejado para la uña se ajusta al tamaño de un dedo, mide la órbita en la que irá encajado un ojo, prepara el molde de una oreja… Y entre medias recuerda alguna de las muchas anécdotas que ha vivido. Como la de aquel muchacho que vino a verlo «muy preocupado. Me pidió que le hiciera unas plantillas para poder ganar dos centímetros de altura para poder entrar en la Policía Nacional».

Contra un salpicadero

¿Y la pieza más espectacular que recuerda? «Una prótesis total de cara (panfacial) que le fabricamos a una mujer». Fue en los años 90. Enrique Damborenea esculpió en silicona, rasgo a rasgo, el rostro de una paciente que se había empotrado contra el salpicadero de su coche en un accidente. Sólo salvó la frente; el resto desapareció en el impacto. «No era sólo dotarla de una cara, sino darle movilidad, cierta expresión», explica. «Esa cara tenía que ser verosímil, hiperrealista y a la vez funcional». Y lo consiguió. Le concedieron el Premio Europeo de Prótesis e Implantología. Pintaba bien.

Sin embargo, tanto la descoordinación y la falta de apoyo como la inexistencia de más unidades de Anaplastología en hospitales públicos se fueron haciendo crónicas. Y aún hoy sólo existe el taller de recambios del Ramón y Cajal con un único trabajador. Los especialistas son pocos y llegan desde distintos campos a falta de una titulación específica en España, ni casi en Europa, por cierto.

Enrique Damborenea tuvo que salir de España y marcharse a Reino Unido, único país con la especialidad homologada y reconocida, donde obtuvo su diplomatura. Además de la inquietud médica, tiene una importante vena artística, la pintura, de la que se benefician sus recambios humanos y sus pacientes. «Aquí estoy, solito, sin nadie a quien transmitir los secretos para h cer una oreja, un dedo, una nariz…».

Fuente: Elmundo